lunes, agosto 15, 2005

No sirvo para calcular el tiempo. Siempre llego tarde a todos lados, esa noche no era la excepción. Ya estaban los cinco cuando llegué y, sin embargo, no habían comenzado. Saludé a todos muy rápido, me saqué el sobretodo y fui al baño. Mirándome frente al espejo, me preguntaba qué hacía ahí. Por más importante que fuera lo que se discutiera esa noche, no podía seguir corriendo el riesgo. En el momento que salía, Paula retuvo la puerta. Me abrazó fuerte y me dijo al oído:
- Luciano se enteró.
- ¿Quién fue? – le susurré.
- Creo que Javier.
Me dirigí a la mesa como si nada, y mirando todo el tiempo la mano de Luciano, que no dejaba de jugar con su vaso, me senté. Tardé dos o tres minutos en enfrentar la dureza de su mirada, mientras pensaba, por primera vez, que al fin y al cabo no era tan grave el asunto. Él sabía y todavía no me había dicho nada. ¿O especularía con que yo sabía que él sabía? Sin dudas, el que no dejaba de especular era yo.
Mientras tanto, Javier hablaba risueñamente sobre cierto concepto que se prefiguraba en Nietzsche pero que no había sido desarrollado hasta sus últimas consecuencias: la voluntad de poner. Paula, que acababa de llegar del baño, se reía desproporcionadamente, como si tratara de olvidarse de lo que pasaba. Poner bombas era en lo único que yo pensaba. No quedaba otra. Discutimos hora y media sobre la situación.
No quería quedarme sólo con Luciano, por eso fui el primero en levantarse. Le dije a Paula que fuera a abrirme, que me esperaban. Ella me sonrió de un modo muy particular, tanto que no sabría si fue un gesto cómplice o de reprobación. Yo ya lo había decidido, no quería quedarme ni un minuto más allí. Saludé de un modo general, me puse la gorra y salí.
Hacía frío, las madrugadas de invierno en Buenos Aires son crudas. Caminaba sin pensar en nada. El aire fresco me daba ímpetu para que caminara más rápido, y, en efecto, apuré el paso.